Vigésimo aniversario de la aventura ranger “A cañón”

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La Semana Santa de 2022 se cumple una efeméride largamente recordada para el Grupo Scout Besana. Se cumplen veinte años, nada menos, de la aventura ranger “A cañón”. Una aventura que hizo honor a su nombre y que quedó grabada en el recuerdo de los troperos y responsables que la vivieron.

Un reducido grupo de troperos y troperas de primer y segundo año, junto con tres de sus monitores y varios colaboradores del Grupo Scout Don Bosco, se lanzaron a surcar las aguas del río Duratón en Segovia a bordo de dos catamaranes elaborados por ellos mismos. El banco de pruebas de tan singular expedición había dado buenos resultados a los pioneros de Besana, quienes probaron el prototipo de embarcación en el Canal de Castilla en pleno verano, desafortunadamente las Hoces del Duratón en una primavera que apenas comenzaba a asomarse, iban a cuestionar las previsiones de tan singulares navegantes.

Decididos y dispuestos, los aventureros se plantaron en las orillas del Duratón y construyeron sus embarcaciones a base de listones de madera, lonas, amarres de cuerda de yute y algún tablón. Llegó la noche y tras duras deliberaciones se hicieron “a la mar”. Una de las dos embarcaciones, premonitoriamente bautizada como “Titanic”, tuvo un fortuito encuentro con una roca de la orilla y tardó unos pocos minutos en irse a pique. Empapados y confusos, los ranger se fueron a dormir. A la mañana siguiente, bajo el tímido sol de una Semana Santa inusualmente lluviosa, los aventureros calafatearon las barcas de nuevo y tomaron los remos con comedida decisión. A la luz del día el viaje duró algo más, pero los catamaranes repletos de mochilas, esterillas y provisiones no tardaron en acusar vías de agua. Tras varias maniobras a favor de la corriente, empapados y agotados, los ranger hicieron noche en una cueva al pie de los cortados del Duratón. Allí continuó su expedición, aprendieron que secar la ropa a la lumbre no es una buena idea, que el poliéster arde emitiendo brillantes llamas azules y que los botes estancos solo lo son en su nomenclatura comercial. Aquella noche aprendieron también a valorar el esfuerzo, a enfrentarse a los problemas con coraje y, tal vez, una acepción nueva de los términos compañerismo y amistad.

El tercer día arribaron al embalse de San Miguel de Bernuy, y sus frías orillas de grava se les antojaron acogedoras playas de arena fina. Instalados en una construcción que nunca se terminó, descansaron a base de algo de ropa seca, té de menta con leche y canciones scouts. Fue este el final de un viaje que, aunque breve, a ojos de unos chavales de doce años fue épico. El tiempo ha pasado y aunque veinte años no sean nada según aquel tango, los supervivientes de aquella travesía disparatada queremos recordar con una sonrisa todo lo que vivimos y aprendimos.

Veinte años y siempre, ¡a cañón!

Troperos de Besana en 2002

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